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martes, 13 de enero de 2009

La noche en vela


Éste es un cuento dedicado a los que sobreviven bajo la tiranía del miedo; a los padres y madres que resisten el ataque de familiares, instituciones o gobiernos que les disputan la educación de sus hijos; a todos aquellas personas que sufren en la intimidad del hogar tortura, agresiones, terror, violaciones e incestos miles; pero, también, a la curiosidad e inocencia infantil y al amor hacia lo más sagrado: los niños…

 
LA NOCHE EN VELA

La mortecina luz de la primera vela de la noche apenas penetraba las sombras. Unas niñas dormían intranquilas, muy cerca de alguna pesadilla. Afuera, en el campo, un mochuelo espiaba, invisible, en inaudible acecho. Ocultos, los grillos, dispersos, herían la obscuridad con un monótono canto, casi un “jondo quejío”.

Dos ratoncillas merodeaban tras una escoba, les había dicho su madre:
— ­Seguid durmiendo. Ahora que todos sueñan os conseguiré el desayuno. No salgáis.
Pero, en cuanto la mamá desapareció, las ratoncitas, tímidamente, asomaron sus bigotillos fuera del armario ropero. Luego una patita y otra después y, enseguida, media hermanita tras la otra entera. Primero se aventuraron bajo la cama y como nada ocurría se miraron y pensaron que mamá exageraba, que ya eran mayores y que, también ellas, podrían conseguir el desayuno. En pocos minutos ya estaban detrás de la escoba.

Pulgo, el perro de la casa, se lamía una pata herida. Le había mordido su vecino, un mastín tuerto, por un asunto de huesos. Sabía que algo se tramaba tras aquella escoba, pero de tan corta estatura como para no perder el tiempo ni la calma.

Un niño, semidesnudo, de larga cabellera, dormía y se removía como un hurón, con la ventana abierta, con estrellas rociando el cuarto. Es Martín, el hermano mayor, siempre antipático con las niñas y muy consentido por mamá. Papá no se atrevía a contradecirle cuando mamá estaba presente.
Martín, gustaba reírse de los animales, incluso, a veces, llegaba más allá y los hería al cazarlos con ingeniosas trampas de su invención. Sus dos hermanas pequeñas lloraban de pena. Esto le hacía sentir a Martín importante, aunque fuese por malo, y le daba alas para investigar y crear más mecanismos de caza y tortura. ¿Adivináis por qué Pulgo no tenía cola aunque nació con ella?
— Alguien nos come el grano de la despensa, le dijo aquella mañana la madre a su ojito derecho acariciándole su rubia melena.

No hizo falta más. Enseguida, Martín, se tumbó bajo la higuera y a pensar…
Aquella misma tarde, en el desván, se le oía trastear fabricando su nuevo invento maléfico. Un caza ratones, cruel, con un mecanismo que se accionaba cuando un ratoncito tiraba de un quesito. Entonces le caía encima una verdadera y terrorífica tromba de pegamento líquido. El ratón huiría en tremenda confusión y, para este momento, Martín, colocó cinco dispositivos que a la mínima presión dejaban caer serrín, plumas y diminutos cristales cortantes de color rojo. Esta horrible máquina de sufrimiento la colocó cerca de la escoba que ya hemos nombrado.

Tilda, la mamá de las ratoncitas, había pensado que esa noche ya podrían salir las tres juntas a buscar el desayuno. Estaba orgullosa de sus hijas, tan guapas y buenas; cómo habían crecido. Así que, cuando se cercioró de que todo estaba en calma, volvió al escondrijo para iniciarlas en su nueva vida.
— ¡Qué contentas se pondrán! Pensaba Tilda.

Imaginad qué angustia cuando al llegar al escondrijo no vio a sus hijas. Cada vez más nerviosa las llamaba y las buscaba alrededor del armario por no enfrentarse con el hecho de que, quizás, alguna culebra había entrado en él. Pero, la idea pesaba más y más dentro de su cabecita haciéndola perder la razón. Tropezaba con las cosas; no le llegaba el aire; nada veía, salvo una imagen clavada en su mente: una gran culebra tragando a dos inocentes ratoncillas que imploraban, desconsoladas y solas, en amargo lloro, el auxilio de su madre y ella no estaba allí. Al fin, exhausta, cayó desmayada.

La segunda vela de la noche alumbraba temerosa, temblorosa, un aguijón erguido y amenazante, casi majestuoso. Sí, un escorpión se coló en el pasillo y se movía sin prisas hacia el cuarto de Martín.

Una de las hermanitas, había caído en una terrible pesadilla y, con un alarido, despertó a sus padres que, sobresaltados, corrieron a tranquilizarla.

— He tenido una “peladilla”, decía sollozando, un palo amarillo quería pegarme y yo me escondía bajo la cama, pero se hacía pequeño y me pinchaba en la espalda y salté por la ventana y empecé a volar, pero el palo me perseguía y me pinchaba en los pies, entonces, me metí en el bosque y me encontré con una bruja con gafas redondas y pequeñas que iba montaba sobre un jabalí blanco y me dijo que ella quería mucho a los niños y me llevó con ella, pero yo quería veros y no me dejaba y el jabalí se sentaba en mis pies y no me podía mover y se ponía unas gafas y me leía un cuento y yo ya no quería veros y se me cerraban los ojos y la bruja me puso unas gafas y me entró hambre y me dieron un “bebraje” y desaparecieron mis piernas y luego las manos y la boca, los ojos y, y, y… me cantaban al oído “ahora somos tus padres”.

Mientras tanto, su padre había encendido una nueva vela que enseguida iluminó el pasillo y calmó a la niña, que estaba abrazada a su madre.

El escorpión, pálido, incluso en la obscuridad, sintió el alboroto. Quedóse quieto, expectante, también cuando unos pies descalzos pasaron junto a él. Tras unos segundos, dio media vuelta y avanzó, sin prisas, hacia el cuarto de Martín, como antes os he contado.

Pulgo, cojeando levemente, se había alejado del bullicio repentino y dormía, hecho un ovillo, sobre una alfombra de lana. También él soñaba, entre aromas de azahar y jazmín.
Flotaba por los aires y ladraba y veía que, allí abajo, su amo devoraba, furioso, su pata herida. Su cola reaparecía, convertida en lombriz, asomándose bajo las hojas de una mata de patatas; parecía feliz hasta que llegó Martín con unos zapatos gigantes y la pisoteó… Pulgo se despertó, algo agitado, y suspiró.

Las ratoncitas se paralizaron, con el corazón en la garganta, cuando les sorprendió esta avalancha de gritos y ruidos. Cuánto echaban de menos a su mamá. Cuánto se arrepentían de haber salido sin permiso. Cuánto y cuánto y cuánto… Casi no se atrevían a respirar, agarradas de las manitas, apretujadas contra la pared, tensas como alambres. Se miraron y pensaron que mejor sería esperar; mamá vendría tarde o temprano; mamá era muy lista; mamá las encontraría.

Tilda volvió en sí y recomenzó la búsqueda. Esta vez no había más remedio que adentrarse en el interior del armario y enfrentarse a la realidad. Qué profundo alivio cuando advirtió que no había signos de violencia ni huellas de culebra. En el fondo se esperaba que estas pillastres se fugaran la noche menos pensada.
Al menos tres cuartos de vela tardó en encontrarlas. Las ratoncitas sollozaban hundiendo sus bigotillos en la suave tripita de mamá. Tilda las besaba y les lamía las lagrimillas…

Martín, inquieto, como un depredador, desde el barullo que había armado la tonta de su hermana, perdió el sueño y ya sólo pensaba si alguna presa habría caído en su trampa. Aún dejó pasar un buen rato antes de incorporarse.

La vela agonizaba, serena, con algo de luz y demasiadas sombras.

Cuando Martín metió el pie en el botín, ¡Zas!, sintió un aguijonazo, doloroso como una llama bajo el dedo, como diez avispas furiosas picando a la vez.

— ¡Uaaah! ¡U, u, u, uaaah! ¡Socorrooooooo! ­­– este era el gran discurso de Martín mientras se dirigía, sin darse cuenta, por el pasillo, cojeando, hacia la trampa que había preparado cerca de la escoba.


Tilda asió con fuerza a sus hijitas cuando un gran temblor las lanzo contra la pared. Enseguida unos terribles aullidos paralizaron sus cuerpecitos.
La casa abrió los ojos, parecía la guerra; gritos, oscuridad. Clamaba al cielo, pedía un milagro para que cesase tamaño horror.

Martín se revolvía por el suelo agarrándose ora el pie emponzoñado ora el otro pie pegajoso, emplumado y sangrante por vidrios rojos.

Pulgo creyó que esos aullidos y rugidos eran de un fiero animal que atacaba en la oscuridad el hogar de sus amos. No lo dudó, al punto, estaba llenando de dentelladas a ese ser infernal…



Al alba, la casa quedó en silencio, pero no desierta. Un escorpión amarillo, casi transparente, deambulaba, errabundo, tratando de salir y ocultarse en el frescor de una piedra.



Dionisio Abenza López

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